A fines de la década de los ´90, si tú querías arrendar tu casa, ibas a la librería, comprabas un “contrato tipo”, lo llenabas, entregabas la llaves y empezabas a recibir los frutos de esa vivienda que te costó años pagar. Realmente la vida era muy sencilla.

Otros, para hacerse la vida aún más sencilla, contrataban a un corredor de propiedades, que les hacía ese mismo “contrato tipo”, pero esta vez en “word”,  captaba al futuro arrendatario y recibía su comisión.

Pasado unos meses, el arrendatario, dejaba de pagar.  El dueño complicado con lo que le había pasado, pero con la sencillez -carácterística de la época- revisaba la guía profesonal, llamaba por teléfono al abogado que le “tincaba”, concertaba una reunión, consultaba para demandar , pagaba, y se iba para la casa a esperar resultados.

A nadie se le “pasaba por la cabeza” consultar para asesorarse.

Hoy, en pleno siglo XXI, la vida ya no es tan sencilla, con tanta información circulando por todas partes, tantas reformas,  tantas leyes nuevas, tanta la letra chica en los contratos, seguros para todo, el “hágalo usted mismo”, como sucede con las posesiones efectivas intestadas que ya no requieren la intervención de un abogado,  el “trámite facil” de los Juzgados de Familia, etc., hace que andemos “perdidos por la vida” y, cuando nos vemos involucrados en un problema legal, nos estresamos porque no entendemos qué nos pasa, no sabemos lo que queremos, no sabemos bien qué hacer ni a quién recurrir, pero seguimos sin pensar en asesorarnos y cuando metemos “la pata a fondo” contratamos al abogado para que nos saque del “cacho”.

Mi preocupación de los últimos años ha sido buscar la manera de que la gente entienda la importancia de la asesoría legal y el impacto que ella provoca en la solución de los problemas.

Todo partió a raíz de una situación difícil que tocó viví.  Sabiendo  poco o nada de temas legales, pero consiente que mi problema no podía tomarlo a la ligera, estuve dispuesto a pagarle a un abogado por su asesoría. Sin embargo, me di cuenta que no cobraban, la primera consulta era gratuita. Me llamó la atención, porque “nadie regala nada”.

 Si bien fueron amables, ninguno estuvo dispuesto a entregarme “las claves” para solucionar mi problema, por el contrario, trataron de convencerme  de “demandar” y utilizar cuanta herramienta jurídica estaba supuestamente a mi alcance para llevarme a juicio,  como yo sabía que no era el camino para mi, seguí preguntando en qué consistía mi problema, cuáles eran mis opciones y salir de mis dudas, pero volvíamos al mismo punto, convencerme de llevar mi problema a Tribunales y, claro, con honorarios que no podría pagar.

Bueno, por algo suceden las cosas, con el correr del tiempo estudie Derecho. Hoy soy abogado, tengo experiencia e influencia y los problemas ya no me asustan. Los resuelvo.

Hace poco tiempo atrás, un cliente imputado de un delito, estaba libre  y citado a juicio, me consulta qué puede hacer, le explico que dada su situación lo más probable era que fuera condenado y quedaría privado de libertad; la conversación en ese momento, dio un giro inesperado y para mi sorpresa, todas sus preguntas se orientaron a poder determinar qué le pasaría si eludía la acción de la Justicia …. ese día me esforcé por darle todas las claves -legales- que conocía. Por supuesto, nunca más supe de él y el Juzgado de Garantía tampoco, pero recibí una muy justa retribución por entregarle mi buen saber.

Próximos posts: “Quién robo mi derecho, ladrones con título”, “Negociación ganar- ganar. El método Harvard, una práctica saludable”, “La desviación de Poder del empleador. El contrato a plazo fijo y la trabajadora embarazada”.